¿Son humanas las espías? #AnaBelenMontes: una mujer sin Derechos

Libertad para Ana Belén MontesEstoy encerrada entre las paredes grises de esta prisión como si estuviera en una tumba. (…) De la mañana a la noche y de la noche a la mañana, no veo otro ser humano. No tengo más ocupación que la de estar sentada en medio del silencio doloroso de mi estrecha celda. (…) Siempre reina un silencio de muerte. – Ethel Rosenberg

Por Douglas Calvo Gaínza* – La Habana

Desde 1959, Cuba ha incurrido en el grave pecado de la heterodoxia respecto a la secta lisonjera que se ha impuesto como doctrina de fe en la política internacional, y cuyo dogma revelado y Sinaítico es la prosternación absoluta ante los designios inescrutables de Washington.

En primer lugar, La Isla ha caído en herejía al sustituir la superficialidad consumista por el altruismo y la hermandad. Ello le ha valido ser tan acorralada, como Numancia cercada por las legiones de Escipión. Sin embargo, La Perla de las Antillas ha sobrevivido ¿Por qué? Precisamente gracias a su pasmosa fraternidad universal. La Habana se ha ganado con creces sus laureles. Sus defensores han llevado el médico a la intrincada selva adonde jamás el capitalismo lo envió; han enseñado a leer al indígena segregado, a quien nunca el aristócrata ilustró; han derramado su sangre por el fin de la discriminación, mientras EEUU apuntalaba a los grotescos racistas del Apartheid.

Es tan imposible aprehender la inmensa magnitud de infelices, perjudicados en mil maneras por las estrategias voraces y conquistadoras del descomunal poderío norteño, como conocer el abrumador número de gente pobre, beneficiada en el Tercer Mundo por las políticas solidarias de la pequeña nación antillana. La gratitud de los desposeídos del orbe ha sido tal, que incluso nuestros más enconados enemigos han debido admitirla. Y como ejemplo típico de cuán funesta y desalmada “maldición” para este mundo han sido los “castristas”, baste citar que incluso los ojos cegatos de aquél quien acribilló a undesarmado Che Guevara, ícono de nuestro sistema, fueron sanados por nuestros doctores.

Hemos cumplido el anhelo del prócer Martí, quien nos enseñara: “El pueblo más grande no es aquel en que una riqueza desigual y desenfrenada produce hombres crudos y sórdidos y mujeres venales y egoístas; pueblo grande, cualquiera que sea su tamaño, es aquel que da hombres generosos y mujeres puras.” Y como es obvio, a tal singular archipiélago, con un decoro digno de muchos continentes, no es tan fácil invadirlo como a Haití en 1914, a Dominicana en 1965, o a Granada en 1983. Pero además, la otra blasfema apostasía de la nación caribeña fue creer en el derecho a la auto-defensa. Por ello, pecó gravemente, al pretender conocer de antemano por dónde y cómo sería atacada, a fin de poder protegerse (algo imperdonable según la lógica del Pentágono, aunque no según el sentido común y el Derecho Internacional). Y lo cierto es, que quizás el asesino del Guerrillero Heroico estaría aún hoy ciego, y junto a él miles de aldeanos de África o Latino-América, de no ser por una mujer: Ana Belén Montes, “espía” que cometió el horrendo crimen de ayudar a convencer a los Césares de Washington, de que la Isla no ameritaba ser arrasada y demolida por los misiles Tomahawko los aviones no-tripulados.

Así que tuvieron suerte, después de todo, los muchos invidentes, analfabetos, enfermos de Ébola y afectados por cataclismos, junto a las miríadas de excluidos o relegados de toda índole, a quienes el capital tiene por prescindibles (pero no así la Cuba revolucionaria). Prosiguieron las Misiones humanitarias de La Isla bloqueada: las operaciones Milagro y Barrio Adentro, los retos y mártires de la Brigada Henry Reeve, y otras tantas iniciativas bienhechoras. En cambio, aquella misma dama que ayudó en gran medida a disuadir a los guerreristas ansiosos por usar sus proyectiles reforzados con uranio empobrecido (para así multiplicar nuevos jóvenes ciegos, otros ancianos paralíticos y más niños cancerosos, o para extender la devastación y las crisis humanitarias “a cualquier oscuro rincón del mundo”, en donde se exterminaría a multitudes de indeseables desheredados), ésa sí que no fue perdonada por el Amo de la Tierra.

Juzgada y condenada, hoy languidece en condiciones que nos recuerdan las de Julius Rosenberg, electrocutado por supuestamente ayudar al enemigo en “tiempo de guerra” (sin que mediara, por cierto, tal beligerancia declarada entre la URSS y USA), y el cual relataba: “Otro día, otra semana, e incluso otro mes. El tiempo sigue su curso –sin nosotros– y lo que nos resta, es el sufrir esta monótona e interminable soledad, despojados de todo lo que nos es querido, salvo del respeto que nos tenemos a nosotros mismos.”

Así mismo subsiste hoy Ana Belén Montes, por ayudar a salvar de la Guerra a la sede de tanto humanitarismo, para bien de tantísimos desdichados. Por trece largos años ha sido una mujer acorralada, clausurada, repudiada y desamparada. La persona más solitaria del planeta, sólo por soñar con un acercamiento mutuo entre EEUU y Cuba. El mismo que hoy ya se establece en política. Pero no obstante, reina el silencio en torno suyo.

Confío en los líderes de mi país y estoy seguro de que están haciendo todo lo posible por ayudar a esta noble compañera. Aunque viendo cómo la actual administración Obama dice “No” a tantos reclamos justos por parte de la demonizada República cubana (que a priori nunca tiene la razón), imagino las dificultades que enfrenta el liderazgo revolucionario para rescatar a esa secuestrada del Imperio. Ahora bien ¿y otras instituciones internacionales menos contaminadas por el vilipendiado “castrismo” y dedicadas con ahínco a la gestión filantrópica?

Por ejemplo, Amnistía Internacional mostró clemencia ante los bárbaros abusos sufridos por el cuasi-espía soldado Bradley Manning, quien se atrevió a seguir los dictados de su conciencia por encima del viejo axioma nazi de la “obediencia debida”, y exhibió ante el mundo (¡oh, pecado mortal!) las clandestinas ferocidades de los Cruzados yanquis. Pero ahora aquella no mueve un dedo por Ana. Y los especialistas en Derechos Humanos de las Naciones Unidas también callan piadosamente. Como mismo tampoco predican misericordia hacia su persona las organizaciones religiosas.

Todo esto me resulta repulsivo y bestial, pues como hombre siento un respeto instintivo hacia el mundo interior femenino, del cual dijera nuestro Apóstol que “Mujer, y flor, y llanto se fecundan en hijos, en aroma, en musgo, en flores, y el universo terrenal inundan con la savia vital de los amores.” Me recuerdo de Hipatia, de la Beecher Stowe, de Emily Dickinson o de Dulce María Loynaz, y medito en las consecuencias que tal cautiverio ocasionaría en sus almas. Que hombres brutales le impongan tan árido aislamiento durante tantísimos años a una cautiva indefensa y vulnerable, me repugna al máximo. No me es difícil conjeturar qué diría ante esto el Maestro Martí, quien afirmara con su verbo sublime que “No es hermosa la fruta en la mujer, sino la estrella” y que “Una mujer buena es un perpetuo arco iris” ¿Acaso no protestaría airado el Héroe, quien en tiernos apotegmas amonestaba que “La mujer es como una flor, y hay que tratarla así, con mucho cuidado y cariño, porque si la tratan mal, se muere pronto, lo mismo que las flores”? Pero increíblemente, por Ana Belén Montes no se interesa ni la UNIFEM, ni la UN Women, ni la CEDAW, ni ninguna otra entidad que asuma la defensa de los derechos femeninos ¿Dónde están las feministas?

Incluso su parentela consanguínea le ha vuelto la espalda, y la ha tratado de modo no muy diferente al usado contra Ethel Rosenberg por su hermano Sam: “En mi piojoso corazón no hay más que desprecio para ti y los de tu clase”. A tal grado llega el ensañamiento.

La razón es muy obvia: Ana Belén Montes fue una “espía”. O sea, una especie de monstruo u ogro sobrenatural, el cual carece de sentimientos, y sólo sabe conspirar para la destrucción del prójimo. Por ende, una condenada por espionaje no tiene derechos humanos. Pues no es una persona, sino algo anatematizado y consagrado a la destrucción. Peor aún: Ana Belén Montes no se ha postrado de rodillas, llorando y suplicando misericordia. Eso le ha valido una condena aún más áspera, y con fiereza similar a la mostrada contra la impenitente Ethel Rosenberg, a quien se trataba en los medios yanquis como a un ser endurecido y de alma callosa, por afirmar en un tono que nos recuerda a la boricua: “Ellos esperan que yo me quiebre bajo la tensión porque soy una mujer. (…) Pero no será así.” Pues bien ¡qué audacia! Ya en la Edad Media, las brujas que no se arrepentían eran consideradas como concubinas favoritas de Satanás, y su pertinacia era signo de la venta del alma. Se las tenía por criaturas sin corazón, y toda brutalidad en su contra se justificaba, pues para la Inquisición ellas ni eran seres humanos, ni tenían Derechos. Y hoy pasa lo mismo con esta obstinada defensora de Cuba, que no acaba de claudicar.

Obviamente, al igual que Ethel Rosenberg, ella es una sectaria sin entrañas ni sensibilidad. Una sub-humana. Por eso, su desafiante persistencia en la herejía le acarrea un mayor odio por el moderno Santo Oficio de Langley. Empero ¿quién conoce las interioridades, sueños, ilusiones y anhelos del espíritu de esa reclusa enclaustrada? ¿Acaso su condición de “espía comunista” la habrá tornado en un robot sin capacidad para reír o llorar? Como no podemos saber nada de su alma por su propia boca, pues se le niega la comunicación con el mundo, quizás una analogía válida sería la de comparar a esta “empedernida fanática” con la asesinada señora Rosenberg, quien ante el chantaje replicó: “¡Así que me van a perdonar la vida a cambio de la de mi esposo! (…) Lo que se proponen en verdad es erigir un aterrorizador sepulcro, en el que viviría sin morir y moriría sin morir. De día no habría esperanza y de noche no habría paz. Una y otra vez, vería el amado rostro, y me figuraría que escucho la amada voz. Una y otra vez se vertería en sollozos mi corazón destrozado, musitando adioses y tambaleándome, ¡bajo el impacto de un crimen irrevocable! (…) Mil veces prefiero abrazar a mi esposo en la muerte, que vivir en la ignominia gracias a la execrable generosidad de ustedes. (…) Ningún poder sobre la tierra podrá desunirnos en la vida o en la muerte. (…) ¡No lo denigraré! Mi vida destrozada será su inmortalidad. (…) Pero la salvaje represalia que han tomado contra mí, los perseguirá hasta el borde de sus tumbas, y más allá.”

¿Hará falta conjurar a Perogrullo para afirmar que las mujeres “espías” sí tienen emociones, sí son “humanas” y sí tienen “Derechos”? ¿Y que el negárselos a Ana es un crimen misógino y antinatural?

Por eso, le preguntamos a esos dementes adoradores de este psicopático Orden Mundial, en donde mientras muchedumbres innúmeras lloran por un mero pedazo de pan, unos pocos compran parcelas en la lejana Luna: ¿quién les ha legado a Ustedes el sacrílego privilegio de procurar, a gusto y placer, el enloquecimiento de una prisionera inerme? ¿Qué derecho tiene su nación prepotente y abusiva, para privar a esa dama, por más de una década, de todo calor amigable, de la música, del arte, de las nobles energías de la naturaleza, o del imprescindible tesoro de la camaradería con nuestros semejantes? ¿Quién ha nombrado Ser Supremo del Universo a los Estados Unidos de América? Yo mismo responderé. Hay una sola justificación para esas arrogantes ínfulas de Washington: ¡el terror! Impuesto a los que no poseen la grandeza interna de esa portorriqueña, quien lo ha desafiado todo en nombre de una idea. De un credo que bien podrá no ser compartido por todos, sin dudas. Pero ¿acaso preferiremos la ovejuna sumisión bajo el yugo opresivo del espanto? ¿Proseguiremos en un cómplice silencio? ¿Nos faltará vergüenza para levantar una voz airada contra ese atropello machista y vengativo? ¿Hasta cuándo el miedo a los drones, a los venenos sofisticados, a los sicarios sin entrañas, o simplemente al chantaje y la demonización social, nos mantendrán paralizados ante los desmanes de esa desaforada Norteamérica? ¿Adónde irán a parar nuestros sentimientos más puros, si seguimos postrados por el pánico? ¿Y qué herencia moral les transmitiremos a nuestros hijos y nietos, si temblorosos ante la perspectiva de la ira Imperial, mantenemos un encubridor mutismo ante una crueldad tan obvia como la que se ejecuta hoy contra Ana Belén Montes?

Todo aquél que se encoge de hombros al respecto, se arriesga a convertirse en un apóstata de la noble condición humana. Aquí no importan “izquierdas” o “derechas”, “social-democracias” o “comunismos”. Hablamos del sentimiento más puro y enaltecedor: aquél que siente como suyos los dolores ajenos. De una categoría suprema: la de “humanidad”. Es mil veces preferible desertar de cualquier ideología u orientación política, de cualquier religión o patriotería angosta, que olvidar negligentemente nuestra propia esencia: el generoso humanismo. El Imperio puede asesinar, cómo lo hace, los cuerpos de miles de personas. Pero no puede matar la chispa de la fraternidad y del calor universal, capaces de irradiarse desde el mismo núcleo de nuestros corazones. En el sagrario del espíritu no penetra ninguna bomba de última tecnología. El verdadero Stalingrado del militarismo yanqui está en nuestra alma. Y ahí, en lo más íntimo, “No pasarán”. Conclusión: el que tenga vergüenza, honor y caridad, súmese a la causa por un trato humano y por la liberación de Ana Belén Montes.

En cuanto a ti, Ana, los progresistas no te abandonaremos. Tu obra silenciosa y digna será reconocida. Y sin miedo a la vengativa inhumanidad del Imperio, te deseo que a través del mar, por sobre los muros, barrotes y guardias, rebasando la incomprensión estrecha de unos y el odio irracional de otros, llegue algún día a las tinieblas de tu encierro, con la ligereza de la luz que todo lo ilumina y lo embellece, el agradecimiento de este pueblo al que tanto ayudaste a proteger contra un Holocausto, y asimismo la solidaridad de cada persona con una mínima pizca de sensibilidad en su alma.

Tú nunca estarás sola. A tu lado hoy hay cientos. Mañana habrá miles. Un buen día, millones. Y a la larga, por siglos y siglos, te acompañará siempre la admiración eterna de la Historia.

*Máster en Tradición y Filología Clásica con mención en estudios de la Antigüedad Clásica (Facultad de Artes y Letras, Universidad de La Habana) y Máster en Ciencias de las Religiones (Seminario Evangélico de Teología de Matanzas). Miembro del Comité Cubano pro Trato Humano para Ana Belén Montes.

Tomado de momarandu.com

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Jóvenes cubanos que luchamos desde las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones por abrir paso a la verdad y la justicia. Formamos parte del movimiento mundial de solidaridad que luchó por la liberación del grupo internacionalmente conocido como los Cinco Héroes Cubanos o los Cinco de Miami, condenados injustamente a largas penas de prisión en cárceles de Estados Unidos por el cuyo único delito de defender a su pueblo de los actos terroristas organizados de manera impune desde el propio territorio norteamericano.

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