La verdadera amenaza de #AnaBelenMontes para la seguridad nacional de #EEUU

Ana Belén MontesHay una palabra mágica que justifica cualquier bestialidad en represalia: “espía”.

Por Douglas Calvo Gaínza

Los espías son odiados, y automáticamente privados de cualquier derecho humano. La razón: son traidores a alguna bandera, a la cual le juraron lealtad. E incluso, los hay que por motivos varios (sean chantajes o sobornos millonarios) trabajan simultáneamente para dos rivales, como “agentes dobles”.

En verdad, quizás el espionaje por seres humanos sea una profesión de corto futuro, llamada a desaparecer ante la inteligencia robótica. Pues ya puede afirmarse que cada individuo o Gobierno de la Tierra es vigilado en mayor o menor medida por las súper-potencias lideradas por EEUU, a través de satélites y otros dispositivos de última tecnología. Pero aún hoy, hay personas dispuestas a involucrarse en tan riesgosas actividades, y a veces, por motivaciones de conciencia.

Entre los grandes “espías” del ayer, descuella por supuesto el famoso Natán Hale, héroe de la Revolución norteamericana contra el dominio colonial británico. Pero no dudamos en considerar cómo el más importante agente secreto de la Historia, al germano Richard Sorge, quien en gran medida contribuyó a la derrota del nazismo con sus atinadas informaciones sobre los planes ocultos del militarismo nipón. Por demás, él fue uno de tantos alemanes que prefirieron la lealtad al mundo entero, en lugar de la fidelidad a su propia nación. Junto a Sorge, lucharon desde esa trinchera silenciosa otros “traidores a Alemania” que pertenecieron a la “Orquesta Roja” y contribuyeron decisivamente al fin ignominioso del Tercer Reich hitleriano, los cuales fueron casi todos cruelmente ejecutados por la Gestapo. Y conociendo las biografías de algunos de aquellos héroes ocultos, sabemos que no mostraron arrepentimientos de tipo nacionalista al enfrentar la guillotina, el paredón, o la horca. Pues entendían que su labor temeraria, transcendía con mucho los límites de su propio 1país, descaminado por las ideas maniáticas del hitlerismo. Y prefirieron luchar por una Patria global libre del dominio fascista, a permanecer fieles a una tierra natal que exportaba al resto del orbe su inhumanidad sin fronteras, asumiendo que el deber hacia el bien universal se impone por sobre cualquier juramento de fidelidad al mal autóctono.

Si se les hubiera preguntado a los ciudadanos norteamericanos de aquel tiempo qué creían sobre aquellos espías comunistas, muy posiblemente hubieran respondido que les admiraban, justificando sin más, con su típico pragmatismo, esa “traición” a las raíces de procedencia. Del mismo modo, supongo, responderán casi masivamente que aprueban cuando algún afgano, sirio, iraní, nigeriano o somalí, accede a trabajar para los Estados Unidos en contra de los Talibanes, del gobierno de Al-Assad, de la República Islámica de Irán, del Boko-Haram o de Al-Shabbaab. Y sin dudas protestarán con simpatía y dolor, cuando cualquier colaborador nativo, infiltrado en organizaciones pro-yihad, sea castigado por sus connacionales como “traidor”.

A la ciudadana estadounidense Ana Belén Montes, se le achaca haber traicionado a su país en tiempos en que la Doctrina Reagan auspiciaba un genocidio universal.

No es para asombrarse. Ana debe haberse conmovido ante el más de medio millón de campesinos mayas exterminados en Guatemala, por los militares pro-yanquis. Ella debió haber sufrido al percibir cómo la Casa Blanca violaba el derecho internacional, con el minado de las aguas en Nicaragua y el ataque a sus ciudades, mientras organizaba una sangría humana difícil de aquilatar. Desde su puesto privilegiado, ella pudo comprender con dolor cómo su Gobierno apoyaba por igual al pinochetismo o a la Junta Militar que aterraba a Argentina con crímenes de lesa humanidad, los cuales incluían desde torturas que habrían causado envidia a Tamerlán, hasta los “Vuelos de la Muerte” y el secuestro de criaturas recién nacidas. Se estremecería al oír cómo sus colegas aupaban en el Salvador a una tiranía culpable de la violación y asesinato de monjas norteamericanas, y del homicidio de un Arzobispo como Arnulfo Romero, honrado en toda Latino-América y reconocido universalmente por su digna espiritualidad. Indudablemente, ella debió avergonzarse ante el trágico espectáculo de más de 70.000 soldados yanquis invadiendo sin causa alguna la pequeña Isla de Granada, para enfrentar con exagerada rabia a un pequeño contingente de constructores y asesores cubanos, y bombardear incluso un hospital psiquiátrico. También hubo de desencantarse conociendo el apoyo de Washington al arsenal químico de Saddam Hussein, y al prever las consecuencias para la paz en el Medio Oriente de tal rearme, el cual ha conllevado sucesivamente a tres guerras y a una infinidad de bajas irreparables entre las poblaciones civiles, amén de incentivar, con un efecto boomerang, el auge yihadista actual y sus peligros para el pueblo estadounidense y aun para el mundo entero.

En pocas palabras: Ana Belén Montes debió sentir un duro conflicto de conciencia, al percibir cómo la guerra de los Estados Unidos de América contra el Tercer Mundo, alcanzaba proporciones tales, que el apoyo nacionalista a semejantes políticas implicaba ser cómplice de un sinfín aterrador de atrocidades. En ese sentido, ella no se diferencia de otros tantos agentes que obraron y aún obran movidos por su corazón, y prefieren la Humanidad a la tierra natal, ya sea para enfrentar a Hitler o al Estado Islámico.

Quizás esa política de los ochenta esté siendo superada por la actual administración norteamericana. Al menos, eso da a entender la retórica de Obama. Sin duda alguna, hoy en Washington se hace un esfuerzo (siquiera formal) por descartar algunas manifestaciones externas de la antigua Doctrina Reagan, a cambio de un reacercamiento más “suave” al “continente-traspatio”, ya en gran medida alienado por tantas masacres e intervenciones. Y se habla de reformas, reconciliaciones, cambios… Por otra parte, los agentes de la CIA que promovieron esas barbaries, y sobre cuyas conciencias pesan las vidas de tantos inocentes, descansan hoy impunes, sin nadie reclamando su castigo. No hay voces pidiendo que se entregue a los viejos “asesores” yanquis en Chile, Argentina, u Honduras. La “Guerra Fría” ha terminado, y ningún viejo espía derechista es castigado por sus sanguinarios actos pasados, sino que con el fin del conflicto, ha llegado el olvido del ayer.

Pero esas renovadoras evoluciones políticas, con sus afables apaciguamientos y absoluciones, no llegan a la relegada celda de Ana Belén Montes. Y ello resulta incomprensible.

Tras su juicio público, su condena y los trece años de reclusión solitaria bajo extrema vigilancia, ¿qué “secretos militares” podrá revelar esa señora a la Seguridad Cubana? ¿Sabrá ella algo de las actuales operaciones encubiertas de su Gobierno contra la “Cuba castrista” u otros países de la región? ¿Ella, que por más de una década no sólo no ha podido recibir amigos, paquetes, correos electrónicos, llamadas telefónicas y otras cosas en apariencia “peligrosas para la Seguridad Nacional”, sino que ni siquiera ha podido leer un periódico o ver la televisión? Medida irracional y asaz ridícula, por demás; pues ciertamente, por mucho que pueda temerse la gestión de los órganos cubanos de la Seguridad del Estado (capaces de frustrar tantos atentados contra la vida de Fidel Castro y de descalabrar múltiples acciones terroristas de toda índole), no es dable imaginar a Telemundo y Televisa emitiendo mensajes cifrados para la Montes a través del “Show de Laura” o “Doce Corazones”, ni concebir a Ana María Polo trabajando encubierta para el MININT y transmitiéndole a la peligrosa convicta códigos secretos a través de “Caso cerrado”, con el fin de explicarle a la prisionera cómo ella puede, desde su celda, organizar un horrible sabotaje que arrase con toda la base aérea de la Marina en Fort Worth.

Esta ilógica represión se resume en una sola y repudiable palabra: venganza. Es la represalia bárbara por haber obedecido a la ineludible voz de la conciencia mundial, antes que a la manipulable excusa de la angosta patriotería. Para Ana no habrá exenciones o inmunidades, como las hubo para los maestros de la tortura en la Escuela de las Américas, pues en ella se pretende castigar de raíz al pensamiento independiente y universalista.

Pero tal rencor constituirá un fallo abismal para el Imperio, y engendrará la verdadera amenaza de Ana Belén Montes para la Seguridad Nacional de los Estados Unidos. Pues como la bola de nieve, crecerá la solidaridad, hasta que aquella a quien se mantiene hoy enjaulada como una fiera ajena a la alegría del universo, se convierta en un símbolo mundial del libre pensamiento, el cual transciende todo ultra-nacionalismo, y a la postre ella devenga un ícono con peligrosísima potencia espiritual.

Por ello, si yo fuera amigo del Imperialismo, le recomendaría que deje pronto en libertad a Ana Belén Montes, antes de que su figura se agigante más de lo que a éste le resulta conveniente. De lo contrario, día a día él mismo enaltecerá a una heroína, hacia la cual se volverán los ojos de todos los progresistas del planeta; y al ya mermado renombre de la “nación imprescindible” se añadirá una nueva mácula ante la consideración de la especie humana: la del atropello contra esa postergada y estoica presa de conciencia, que, olímpica y erguida en su mazmorra, afronta con osadía inquebrantable el ciego desafuero de la saña.

Y si los Césares modernos no reaccionan a tiempo, el resultado será el nacimiento de una épica funesta para ellos: la de la ciudadana norteamericana que sirvió al explotado en contra de su explotador, exponiéndose con bravura simpar al brazo cruento y necio de la muerte y al duro encono del opresor. La de la frágil mujer que, con silente altivez, alcanzó día a día la plena victoria moral sobre sus verdugos, y elevó la dignidad humana a tal altura, que ya ella hoy habita en el Valhala de los dignos, resaltando cual giganta entre gnomos.

Y por desdicha para Washington, con todo y su enorme poderío, su ciclópeo aparato bélico-policíaco jamás poseerá suficientes recursos, como para enfrentarse a tal amenaza ética.

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Acerca de Jóvenes por los 5

Jóvenes cubanos que luchamos desde las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones por abrir paso a la verdad y la justicia. Formamos parte del movimiento mundial de solidaridad que luchó por la liberación del grupo internacionalmente conocido como los Cinco Héroes Cubanos o los Cinco de Miami, condenados injustamente a largas penas de prisión en cárceles de Estados Unidos por el cuyo único delito de defender a su pueblo de los actos terroristas organizados de manera impune desde el propio territorio norteamericano.

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